Educación superior e inteligencia artificial: La ética en el centro de la tecnología

¿Qué es educar en tiempos de la IA? ¿Para qué sirve la educación superior en medio de la aceleración de la innovación tecnológica, la automatización y el acceso cada vez más inmediato al conocimiento? ¿Puede la ética ser un factor relevante en este escenario? Son preguntas recurrentes en medios de comunicación y conversaciones académicas. Y me atrevería a decir que las nuevas generaciones también se las plantean, a su manera.

Muchos de los sistemas de IA están hoy al alcance de la mayoría de nosotros. Sus beneficios son numerosos. En el ámbito educativo, por ejemplo, pueden apoyar el aprendizaje adaptativo y facilitar una experiencia más personalizada, de acuerdo con las necesidades y ritmos de cada estudiante. Las herramientas multimodales permiten acceder a contenidos mediante textos, videos, simulaciones, casos de estudio o ejercicios interactivos, ampliando las posibilidades para comprender y abordar distintas materias. Al mismo tiempo, la IA puede liberar a docentes y estudiantes de ciertas tareas rutinarias, abriendo espacios para la creatividad, la colaboración y la resolución de problemas.

Como toda realidad humana, también la educación superior enfrenta retos importantes e impostergables, como señala León XIV en su reciente Encíclica Magnifica Humanitas. Allí, el Pontífice menciona tres desafíos: el primero, de carácter sociopolítico (n. 144), que alude a las brechas entre países y dentro de ellos; el segundo, de carácter pedagógico (n. 145), relacionado tanto con la obsolescencia de los planes de estudio como con el crecimiento integral de los estudiantes; y el tercero, de carácter intelectual y sapiencial (n. 146), que advierte sobre el riesgo de deshumanizar el conocimiento al “saber muchas cosas” sin encontrar el sentido de una vida auténticamente humana, personal y social.

Si hoy podemos acceder a grandes cantidades de información en pocos segundos, la tarea de la educación superior no puede reducirse a transmitir conocimientos o desarrollar competencias técnicas. La pregunta fundamental es qué hacemos con aquello que sabemos, para qué utilizamos ese conocimiento y qué consecuencias tienen nuestras decisiones sobre los demás y sobre la sociedad. La universidad está llamada, entonces, no solo a preparar para un mundo tecnológicamente más complejo, sino también a formar personas capaces de discernir en él.

La cuestión es cómo nos estamos preparando para asumir nuestro presente y el futuro inmediato. En este contexto, resultan importantes los esfuerzos por implementar una efectiva alfabetización digital de profesores y estudiantes que, junto con las competencias técnicas, incorpore una alfabetización ética para el desarrollo y uso responsable y creativo de las nuevas tecnologías. Aprender a discernir, tomar decisiones humanizantes y colaborar en la construcción de una sociedad auténticamente humana.

Los datos y la información son importantes, pero también lo son la comprensión, la libertad intelectual, la curiosidad, la creatividad, la búsqueda de la verdad y el compromiso con el Bien Común. Allí se encuentra uno de los aportes irrenunciables de la educación superior, esta debe contribuir con su secular experiencia acumulada y su capacidad de ser una institución flexible y adaptativa y , a la vez, profundamente creativa. Esa tarea, profundamente humana, hace que educar siga siendo tan necesario como siempre.