Discurso del Cardenal José Tolentino de Mendonça en inauguración año académico 2026 - UCSC
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Discurso del Cardenal José Tolentino de Mendonça en inauguración año académico 2026

Por Cardenal José Tolentino de Mendonça

Visita a la Universidad Católica de la Santísima Concepción

S.E. Cardenal José Tolentino de Mendonça, Prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación

Ciudad de Concepción, Chile, 26 de marzo

“La vocación de la Universidad católica en una cultura en cambio”

Excelentísimo Mons. Sergio Pérez de Arce, SS.CC., Arzobispo de Concepción y Gran Canciller de esta ilustre Universidad; Rector Magnífico Dr. Cristhian Mellado Cid; Excelencias Reverendísimas; distinguidas Autoridades civiles; estimados Profesores y Personal administrativo; muy queridos estudiantes; amigos todos.

Es con sentimientos de profunda gratitud que tomo la palabra ante esta distinguida asamblea, en el marco de un acontecimiento siempre importante y especial para la vida de una universidad: la inauguración de un Año Académico. Gracias de corazón a todas las personas que han hecho posible mi presencia hoy, aquí, entre ustedes. Que mis palabras sirvan de aliciente en el esfuerzo por conseguir, cada día más, el ideario que anima a esta Institución: una Universidad que desde su identidad católica y la comprensión de los desafíos del mundo contemporáneo forma personas integrales, genera conocimiento e innova, con un alto compromiso con la calidad, su comunidad y el medio ambiente, contribuyendo al desarrollo y bienestar de la sociedad

Introducción

Concepción lleva en su historia la memoria de Chile como territorio de encuentros históricos y de diálogos necesarios. Esta ciudad, que fue durante siglos frontera viva entre mundos distintos, sabe algo que las ciudades más cómodas olvidan con facilidad: que la convivencia no se hereda, sino que debe construirse con voluntad, apertura, esperanza y confianza. Una universidad –y a mayor razón la universidad católica que habita este suelo– no se limita a transmitir saberes; esto sería vivir al margen de la realidad. Más bien, la universidad es ella misma un espacio donde la construcción de la tan anhelada convivencia continúe, el diálogo se profundice y forme parte del método mismo de cada disciplina.

  1. Una mirada a la realidad: el diálogo imprescindible

La universidad constituye un espacio propicio para la singularidad, en donde cada individuo encuentra condiciones favorables para desarrollar su propia humanidad, convirtiéndose en protagonista de su historia, pero, al mismo tiempo, no dejando de ser desafiado por la universidad a alargar su horizonte, pues el espacio académico se construye como un ordinario, persistente y polifónico entrelazamiento de lo humano. Juntos coreografiamos un bien que no es solamente personal, sino también común. En una universidad no estamos solos. Nos descubrimos más humanos mirándonos a los ojos, los unos de los otros, «libremente unidos en el mismo amor al conocimiento», como lo recuerda el incipit de la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae, creyentes en el valor de las prácticas colaborativas que, en cada generación, deben ser descubiertas y propuestas. La Universidad es así, un espacio de lo humano, cercano, inter-colaborativo e integral. Como escribe San John Henry Newman, en “La idea de Universidad”, una universidad es «un alma mater, que conoce a sus hijos uno por uno, no una fundición (…) o un molino»[1]. Hoy diríamos: una universidad no es una industria anónima. Es, sí, una paciente artesanía de relaciones. En efecto, «la universidad y la escuela católica –señala el Papa León– son lugares donde (…) el corazón dialoga con el corazón, y el método es el de la escucha que reconoce al otro como un bien, no como una amenaza»[2].

El diálogo, que en una comunidad académica no puede faltar, se ha de realizar ad intra y ad extra. Ad intra, la universidad ha de ser un corpus, es decir, ha de empeñarse a conjugar, en modo coordinado y armonioso, sus diferentes miembros y componentes. Nuestras universidades se piensan como comunidades, empezando por las personas y continuando, con audacia y valentía, en los programas de estudio. Colocamos a las personas y a las diversas disciplinas a la escucha mutua, de modo que se complementen y se enriquezcan en la circularidad. Los diversos departamentos en una universidad no son repúblicas independientes, sino tejedores de un diálogo científico que, respetando la metodología y la especificidad de cada disciplina, conformen una verdadera sociedad del conocimiento. Ad extra, en cambio, la universidad entabla un diálogo con su entorno, su contexto eclesial, social y cultural.

La Pontificia Universidad Católica de la Santísima Concepción ha elegido que su identidad católica dé cuenta precisamente de ello; ha hecho del diálogo y la convivencia el marco hermenéutico a partir del cual, se comprende lo que significa creer, conocer, enseñar, investigar y servir. No se trata, pues, de un rasgo puramente nominal ni de un patrimonio histórico que administrar. Se trata de «abarcar a toda la persona: espiritual, intelectual, afectiva, social, corporal. Y no oponer lo manual y lo teórico, la ciencia y el humanismo, la técnica y la conciencia»[3]. Pues, cuando la fe no es relegada al margen del trabajo académico, sino que, más bien, atraviesa toda la comprensión de la persona humana, la ciencia y el bien común, la universidad cumple, entonces, su misión y se vuelve un actor indispensable. Decía el Papa San Juan Pablo II: «Solamente así servirá a la causa del hombre, si el saber está unido a la conciencia»[4]. Y solamente así –lo decimos nosotros– la universidad católica se erige como el lugar en donde la Iglesia, la academia y la sociedad se encuentran, se escuchan y se interpelan con libertad.  No convertirse en una isla irrelevante en medio del océano de la indiferencia, depende mucho del compromiso concreto que la universidad hace con los desafíos y las implicaciones que su contexto particular le presenta. Una universidad califica su entorno y así se descalifica a sí misma. La llamada tercera misión de la universidad, que pone en práctica la restitución cultural y de valores, no es facultativa, sino que es tan decisiva como las dos primeras, la docencia y la investigación.

 

  1. La investigación como laboratorio para el futuro

La vocación al diálogo con la realidad de la que hemos hablado, se aplica, también, de modo particular al campo de la investigación. El conocimiento, cuando se confronta con la realidad y se deja interpelar por las preguntas de su tiempo y su geografía, eleva su calidad y se convierte en un bien precioso e inestimable por su cualidad de respuesta con relación al futuro.

Resulta, pues, necesario preguntarnos en cada generación qué hacen nuestras universidades para responder a las grandes interrogantes humanas y a la emergencia que vivimos. Una amenaza hodierna para las universidades en general es el estancamiento. Hoy se habla mucho del peligro de la obsolescencia. Convertirse en corporaciones pesadas y defensivas con respecto a la evaluación y la crítica, instituciones que operan con un atraso histórico en relación con los debates de la época más decisivos. En otras palabras, convertirse más en lugares de auto preservación, que, de innovación, de investigación. Y, sin embargo, la misión de la universidad, y más de la universidad católica, es también ser un laboratorio para el futuro. Es fundamental ser una buena universidad, competir y obtener buenas calificaciones por parte de las agencias de evaluación y tener conciencia que, como lo recuerda el Papa León, la educación mide su valor «en función de la dignidad, la justicia y la capacidad de servir al bien común. Esta visión antropológica integral debe seguir siendo el eje central de la pedagogía católica»[5].

Y para esto, la investigación desempeña un papel esencial, ya que no solo fortalece el conocimiento académico, sino que también fomenta habilidades críticas, analíticas y creativas. Ella permite que los estudiantes se conviertan en protagonistas activos de su aprendizaje. A través de la exploración de problemas reales, la recopilación y análisis de datos, y la elaboración de conclusiones fundamentadas, los universitarios desarrollan competencias que serán clave en su desempeño profesional. Por tanto, la educación superior debe ir más allá de la simple transmisión de contenidos, incorporando procesos de investigación como eje fundamental del aprendizaje. «El objetivo –dice el Papa León– es aprender a afrontar los problemas, que siempre son diferentes, porque cada generación es nueva, con nuevos retos, nuevos sueños, nuevas preguntas»[6].

  1. La universidad católica: comunidad de discípulos en una cultura en cambio

Una universidad viene considerada como una comunidad académica. Nuestros documentos magisteriales han reafirmado, del mismo modo, esta concepción. Basta leer con detenimiento los innumerables escritos de los Pontífices para corroborar que el binomio comunidad-academia, está íntimamente ligado a la naturaleza de la universidad. Sin embargo, una universidad católica es también una comunidad de discípulos. De hecho, la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiæ define a los docentes de una universidad como aquellos que «están llamados a ser testigos y educadores de una auténtica vida cristiana, que manifieste la lograda integración entre fe y cultura, entre competencia profesional y sabiduría cristiana»[7]. Nuestros profesores son considerados discípulos, al igual que los estudiantes, quienes, según la mencionada Constitución, han de ser «líderes calificados y testigos de Cristo en los lugares que deberán desarrollar su labor»[8].

En este sentido me pregunto: ¿Cómo conjugar hoy ciencia académica y fe personal? Una pregunta semejante, según lo recuerda San Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio, se la hizo también un Padre de la Iglesia y de la teología latina: Tertuliano. Él, en su obra De praescriptione haereticorum, se preguntaba: «¿Qué tienen en común Atenas y Jerusalén? ¿La Academia y la Iglesia?». La respuesta que nos ofrece el Pontífice en su documento nos da luces para las cuestiones que nos hemos planteado. En efecto, el Papa San Juan Pablo afirma que ellos [los pensadores cristianos], ante la diatriba entre la filosofía y la fe, no pueden ser considerados «pensadores ingenuos. [Sino que], precisamente porque vivían con intensidad el contenido de la fe, sabían llegar a las formas más profundas de la especulación. Por consiguiente, es injusto y reductivo limitar su obra a la sola transposición de las verdades de la fe en categorías filosóficas. Hicieron mucho más. Fueron capaces de sacar a la luz plenamente lo que todavía permanecía implícito y propedéutico en el pensamiento de los grandes filósofos antiguos»[9].

Por ende, nuestros profesores y nuestros estudiantes universitarios están permanentemente invitados por la Iglesia, a poner en diálogo la ciencia que enseñan y que aprenden, con la fe que profesan y que los hace formar parte de una comunidad. Decía el Papa Francisco: «ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús, y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino»[10]. El Papa León, por su parte, afirma: «La escuela católica es un ambiente en el que se entrelazan la fe, la cultura y la vida. No es simplemente una institución, sino un ambiente vivo en el que la visión cristiana impregna cada disciplina y cada interacción»[11]. Y también pienso en las palabras de su gran poetisa y educadora Gabriela Mistral, ella decía: «Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en el salón de clases. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra… Maestro, se fervoroso. Para encender lámparas basta llevar fuego en el corazón».

En resumen, concebir la universidad católica como una comunidad de discípulos conlleva una doble tarea. Por una parte, la reivindicación de la razón en todas sus expresiones y, por otra, la manifestación de la fe cristiana en lo que se transmite y enseña.

  1. Las constelaciones educativas como “mapas de esperanza”

Llegados a este momento y a propósito de la esperanza, me gustaría subrayar que ella no es solo una virtud singular, sino que debe convertirse en una característica de nuestras comunidades educativas. El Papa León nos exhorta a que nuestras escuelas y universidades sean verdaderos «mapas de esperanza». ¿Qué significa esto? Significa que la propia institución, en su forma de gobernarse, de gestionar los recursos, de tratar al personal, de acoger a los estudiantes, de celebrar y practicar la fe, debe encarnar los valores que proclama. Dice el Santo Padre: «Compartir el conocimiento no basta para enseñar, se necesita amor. Sólo así el conocimiento será provechoso para quien lo recibe, en sí mismo y, sobre todo, por la caridad que comunica. La enseñanza nunca puede separarse del amor»[12].

Una universidad que genera esperanza es, entre otras cosas, una universidad que practica la inclusión, que combate las desigualdades en su seno, que valora y premia el mérito, pero también apoya a quienes tienen dificultades, sean estas materiales o espirituales. Es una universidad que se convierte en un agorá de encuentro, de reunión y discusión, donde «la verdad se busca juntos y donde se entiende que la libertad no es capricho, sino respuesta; que la autoridad no es dominio, sino servicio»[13]; y que la educación no es una nota al pie de página de la sociedad, sino motor de futuro, el «nuevo nombre de la paz». Las guerras nacen en la mente de los hombres, y es allí, en la educación, donde se construyen las defensas de la paz. Y las universidades deben comprometerse a educar recordando que «la paz no es ausencia de conflicto: es fuerza suave que rechaza la violencia. Una educación para la paz “desarmada y desarmante” enseña a deponer las armas de la palabra agresiva y de la mirada que juzga, para aprender el lenguaje de la misericordia y de la justicia reconciliada»[14].

  1. Una triple invitación: abrir las puertas, las mentes, los corazones

Amigos todos, antes de concluir con mi alocución, quisiera proponerles una última reflexión. Según tengo noticias, la Universidad Católica de la Santísima Concepción atraviesa un tiempo de reflexión para la elaboración del nuevo Plan de Desarrollo Estratégico. Ante esta coyuntura, inspirado en la Carta Apostólica del Papa León sobre la educación “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, permítanme hacerles, con humildad, un triple apelo que, a manera de discernimiento, les pueda servir de ayuda en la labor de planeación que tendrán que realizar: ¡Abramos las puertas! ¡Abramos las mentes! ¡Abramos el corazón!

Abrir las puertas. La metáfora de las “constelaciones educativas” del Papa León nos invita a profundizar la construcción común. Como nos enseña la Carta, «cada estrella tiene su propio brillo, pero todas juntas trazan una ruta»[15]. Esto significa pasar a la complementariedad activa: reconocer el mejor impulso para el diálogo creativo, y que nuestra fuerza más profética es, precisamente, la unidad. Abrir las puertas implica crear redes de investigación y docencia que trasciendan fronteras institucionales, e incluso, nacionales, compartir recursos, saberes y experiencias pedagógicas. Abrir las puertas es recordar que «la verdad se busca en comunidad»[16] y que «la unidad es nuestra fuerza más profética»[17]. Este modelo de colaboración es el reflejo de una eclesiología sinodal en el corazón de la universidad: un cuerpo vivo en el que cada miembro aporta, desde su propio carisma, al servicio de una misión común.

Abrir las mentes. Esto significa enfrentar la fragmentación no solo como un problema metodológico, sino también –y con mayor urgencia– como un problema antropológico. El desafío que tenemos por delante es re-tejer aquello que el tiempo y la ciencia con una metodología moderna han fragmentado mediante una interdisciplinariedad ejercida con sabiduría y creatividad. Se trata de descubrir la unidad desde dentro, reconociendo que «no hay que separar el deseo y el corazón del conocimiento, [pues esto] significaría romper a la persona»[18]. Abrir las mentes también exige repensar la excelencia académica. Para esto, les invito a comprender la misión académica como la búsqueda comunitaria de la verdad, dejando de lado cualquier forma de individualismo. La antropología cristiana no puede ser una reflexión opcional, relegada exclusivamente a los teólogos. Debe ser, más bien, una responsabilidad compartida por toda la comunidad universitaria, pues, desde quien enseña las ciencias básicas, pasando por los filósofos, hasta quien investiga genética o biología molecular, todos participamos en la reflexión sobre qué significa ser humano, porque como lo afirma san John Henry Newman: «la verdad religiosa no es sólo una parte, sino una condición del conocimiento general».

Abrir los corazones. Significa volver al criterio fundante, esto es: poner en el centro de la universidad católica a las personas. La persona, como sabemos, no es «un perfil de competencias» reducible a un algoritmo predecible, sino «un rostro, una historia, una vocación» creada a imagen de Dios[19]. Una cosa es cierta: «la gratuidad evangélica no es retórica: es un estilo de relación, un método y un objetivo»[20], que debe estar al centro de toda opción académica institucional.

Conclusión

En este gran viaje no estamos solos. Con nosotros está presente María, nuestra madre. Ella, que, al concebir y dar a luz al Verbo de Dios, inauguró una nueva era para el género humano y abrió al mundo la posibilidad de alcanzar la Verdad plena, nos guíe y acompañe siempre por el camino del bien, de la belleza y la verdad.

¡Muchas gracias!

 

[1] John Henry Newman, L’idea di Università (Roma, Edizioni Studium, 2005), 140.

[2] León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 3.1.

[3] Ibid, n. 4.2.

[4] Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura – UNESCO, n. 22; Cf. Redemptor hominis, n. 16; Cf. Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 1979, n. 4.

[5] León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 4.2.

[6] León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 4.3.

[7] Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiæ, n. 22.

[8] Ibid, n. 23.

[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 41.

[10] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 127.

[11] León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 5.2.

[12] León XIV, Discurso a los Educadores con motivo del Jubileo del Mundo Educativo, Plaza de San Pedro, 31 de octubre de 2025.

[13] Cf. León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 4.3.

[14] León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 7.3.

[15] León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 7.3.

[16] Ibid, n. 3.2.

[17] Ibid, n. 8.1.

[18] Ibid, n. 3.1.

[19] Cf. León XIV, Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 27 de octubre de 2025, n. 4.1.

[20] Ibid.