Bendito el que viene en nombre del Señor  - UCSC
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Bendito el que viene en nombre del Señor 

Por Monseñor Bernardo Álvarez

Con la celebración del domingo de Ramos iniciamos, una vez más, la Semana Santa. Para los cristianos, estos días se sitúan en el centro de la vida de fe: constituyen la gran celebración anual que nos vincula con la persona de Jesús y con el desenlace de su vida, es decir, el Misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección.

La invitación para este tiempo consiste en cultivar un profundo espíritu de fe y de vida comunitaria, vinculándonos con la vida de la Iglesia que peregrina en la historia, que custodia la memoria y hace presente al Resucitado a través de la celebración de los Misterios Sagrados, los cuales nos han dado nueva vida y nos conceden la gracia de ser plenamente hijos de Dios (Cfr. Prefacio de Cuaresma I).

Cada año, la Semana Santa nos ofrece una oportunidad fundamental en el camino de la vida cristiana: detener el paso en medio de la agitación cotidiana, abrir las puertas del corazón, de nuestra familia y de nuestro mundo, para participar de la Pascua del Señor.

Las palabras que Jesús dirige a sus discípulos son elocuentes en este sentido: “Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: ‘Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’” (Lc 22, 14-16). Recordemos que estas palabras no fueron dirigidas solo a los discípulos de su tiempo, sino también a nosotros.

Participar de la Pascua de Jesús significa compartir su suerte, abrazar conscientemente un modo de vivir e incluso de morir; este no es otro que el trazado por el mismo Señor en el camino de la cruz. A través de las celebraciones comunitarias de estos días, del silencio y la oración, nos comprometemos con el Crucificado y Resucitado, presente en hombres y mujeres, niños y ancianos que sufren hoy.

En este sentido, el Papa León ha insistido con fuerza en su homilía del domingo de Ramos: “Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre, escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra”.

La guerra no surge solo de disputas, sino de la idolatría del poder, del dinero y del dominio. Como advierte el Papa, cuando el ser humano ocupa el lugar de Dios, termina destruyendo al otro. La Pascua nos llama a desarmar el corazón y a construir una paz verdadera.

En esta Semana Santa, estamos llamados no solo a contemplar el Misterio de la Cruz, sino a dejarnos interpelar por Él. La mirada puesta en Cristo crucificado nos invita a reconocer su rostro en quienes sufren hoy y a no permanecer indiferentes ante el dolor del mundo. Así, la Pascua no se reduce a un recuerdo, sino que se convierte en una experiencia viva que transforma nuestra manera de relacionarnos con los demás. A la luz de lo que nos recuerda el Papa León XIV, participar verdaderamente de estos días santos implica también asumir un compromiso concreto con la dignidad de cada persona, especialmente de quienes cargan hoy sus propias cruces. Solo así la esperanza de la resurrección se hace creíble y fecunda en medio de nuestra historia