Al conmemorar como cada año el día del trabajador, parece propicio mirar nuevamente los alcances que tiene esta dimensión de la vida en sociedad y redescubrir la oportunidad que la cotidianeidad de la laboriosidad, propicia en los arquetipos sociales.
Dignidad y bien común; son categorías con las que inevitablemente en esta fecha relacionamos la dimensión que intentan vocalizar estas líneas. No obstante, y aparentemente sin contraposición, cada vez con más frecuencia emerge una modulación sobre la cuestión del trabajo que lo asocia a al mercado, la ocupación y gestión de recursos; a la empleabilidad y la calidad como nota de garbo sobre el posicionamiento de marca, sobre la competitividad en ámbitos de inversión o en su defecto, a la orientación de políticas públicas. Sin ser parte de quienes a primordialmente descartan estos aspectos, creo pertinente mirar toda la cartografía conceptual en una visión que integre, que supere la fragmentación y nos ayude a mostrar que el pulso de cada actividad, se reconoce finalmente en el rostro de la persona y su inalienable dignidad.
Siendo el trabajo principio y parámetro primario de toda articulación sobre lo político, sobre nuestras proyecciones familiares, personales y sobre toda cavilación y prospección material; parece también pertinente refrendar que las palabras importan, que abrirnos a la colaboración integra y verdaderamente complejiza -entendiendo que la complejidad requiere de la diversidad de miradas y encamina la diferencia a un proyecto que sea compartido-, que la lógica del don puede ofrecer perspectiva al trabajo y los marcos que lo sustentan, que la cuestión antropológica es esencial para leer cualquier indicador y que abrazar con apertura la vida en conjunto -en y desde el trabajo- desborda la relación y nos ofrece la relacionalidad y nos abre a un bien que sea verdaderamente común.
Con aguda sintonía sobre la cuestión la Iglesia advierte sobre la cultura del descarte, las sombras de un mundo cerrado; los riesgos de que, anclados en la globalización, la identidad del más fuerte o el más grande, preceda a la identidad particular; identidad que también se expresa en las formas en las que comprendemos la artesanía con la que se construye el día a día, sus tiempos y relieves. Que se conduzcan los grandes derroteros obnubilados en la optimización, perdiendo con esto el sentido de pertenencia no solo al/en el trabajo; sino a sobre una visión de comunidad. Que el progreso decante en caminos desanclados de trayectoria y sin una meta o parámetros de lo colectivo.
Un aspecto esencial ya enunciado en la cuestión de la complejidad -al comprenderla como sinergia de la diversidad y como condición para el horizonte-; es integrar al “factor” del trabajo, la sensibilidad de las diversas disciplinas; mirar con múltiples focos permite visitar las fronteras con las que se toman decisiones en el mundo laboral, permite integrar actores y abrir un diálogo que asumiendo todos los niveles, resulte verdadero y geste la promoción de la persona; aspecto cardinal para que cada uno sea dignificado en y con su nombre, historia y sueños.