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Papa León XIV: un pontificado de calma y convicción en tiempos inciertos

Por Arturo Bravo Retamal, académico Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía UCSC

Ya se cumple un año de la elección del Cardenal Robert Francis Prevost como el 267º Papa de la Iglesia Católica. En este tiempo, su pontificado ha sido especialmente prolífico y con efectos políticos y sociales inesperados. Más que intentar un balance completo, quisiera destacar algunos aspectos que ayudan a comprender el sello pastoral y espiritual que ha comenzado a imprimir a la Iglesia.

En primer lugar, este hombre de fe es también Licenciado en Matemática, mostrando en su propia vida que ciencia y fe no se excluyen. Por eso no extraña que, en su homilía ante el Colegio Cardenalicio el 9 de mayo de 2025, afirmara que “son muchos los contextos en los que la fe cristiana se considera un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes”. Razón y fe no son opuestas: la ciencia también requiere confianza y la fe posee una profunda racionalidad. En tiempos donde suele presentarse la religión como enemiga de lo crítico, León XIV recuerda que la búsqueda de la verdad puede y debe integrar ambas dimensiones.

En segundo lugar, León XIV concluyó la exhortación apostólica Dilexi te, que el Papa Francisco preparaba en sus últimos meses de vida, centrada en el cuidado de la Iglesia por los pobres y con los pobres. Allí define du misión como el “núcleo incandescente de la misión eclesial” (n. 15), dejando en claro que la preocupación por los más vulnerables no es un asunto secundario, sino parte esencial del Evangelio.

Sobre la tradición cristiana recuerda que “la teología patrística fue práctica, apuntando a una Iglesia pobre y para los pobres”, advirtiendo además que “el rigor doctrinal sin misericordia es una palabra vacía” (n. 48). También subraya que, desde el Antiguo Testamento, Dios aparece como amigo y liberador de los pobres, denunciando las injusticias y defendiendo a los más débiles. Incluso habla de una verdadera “debilidad” de Dios hacia ellos (n. 17).

Respecto de la preferencia por los pobres, León XIV aclara que esta no implica exclusión sino que expresa la cercanía de Dios frente a la fragilidad humana y el llamado a construir un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad. Por ello, la Iglesia está llamada a una opción “firme y radical” en favor de los más débiles (n. 16). En un contexto mundial marcado por la desigualdad y la indiferencia, este énfasis adquiere una fuerza profundamente profética.

En tercer lugar, destaca su firme postura frente a la violencia y la guerra. En su homilía del Domingo de Ramos afirmó: “Jesús, Rey de la paz, es un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento”. Citando a Isaías, recordó que Dios no escucha las plegarias de quienes tienen “las manos llenas de sangre” (Is 1,15). Además, denunció una “teología de la opresión”, es decir, el intento de legitimar religiosamente la violencia y el abuso.

Estos dichos provocaron reacciones políticas diversas, pero también mostraron una fortaleza serena que expresa dos áreas importantes. Primero, comprender que seguir a Jesús no puede reducirse a un sentir intimista, sino que implica asumir opciones concretas en favor de la justicia, la dignidad humana y la protección de los más vulnerables. Segundo, una serenidad que no es pasividad, sino esperanza. No es violenta ni gritona, porque nace de la convicción de que el bien triunfará sobre el mal. Esa serenidad se ve también en la paz, entendida como una fuerza transformadora que busca liberar tanto al oprimido como al opresor, dando la justicia y la fraternidad según el proyecto de Dios para el mundo.