El valor de las universidades católicas - UCSC
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El valor de las universidades católicas

Por Sergio Gatica Ferrero, académico Facultad de Educación UCSC

El próximo 10 de julio, la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC) conmemora 35 años de historia. Creada en 1991 por el Arzobispo de la Santísima Concepción Monseñor Antonio Moreno Casamitjana, la institución nos invita a reflexionar sobre su identidad y su valor.

Y es que hoy resulta un tópico habitual sostener que la fe y la ciencia son esferas inherentemente enfrentadas, como si fuesen dos formas disímiles e incomunicadas de conocimiento que apuntan a objetivos diferentes. Sin embargo, en nombre de la honestidad intelectual, es necesario aclarar esta confusión, alimentada a veces con prejuicios o fines espurios.

Ya lo planteaba hace 28 años en Papa San Juan Pablo II en su encíclica “Fides et Ratio” (publicada el 14 de septiembre de 1998): la fe y la razón son las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Lejos de esta sugerida enemistad, la historia demuestra que la ciencia moderna y la fe se encuentran en la educación superior, y que la universidad le debe su impulso vital a la Iglesia Católica.

Las primeras universidades de Occidente nacieron y se desarrollaron bajo sus auspicios. Instituciones centenarias y de indiscutible prestigio en Europa, como Bolonia, París, Oxford y Salamanca, tuvieron su impulso intelectual y científico en órdenes como la Dominica y la Franciscana. De un modo semejante, en la naciente América hispana, la fundación de la Universidad Santo Tomás de Aquino (Santo Domingo, 1538) y de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima, 1551) tuvieron en la impronta cristiana su seña de origen.

Contra la creencia que sostiene que el dogma religioso ahoga la investigación y la ciencia, es necesario recordar la notable contribución científica de Nicolás Copérnico, canónigo católico y padre de la teoría heliocéntrica; de Gregor Mendel, monje agustino y precursor de la genética moderna; o de Georges Lemaître, sacerdote y astrofísico que formuló la teoría del Big Bang.

Chile no es una excepción a esta regla histórica. No es casual que dos de las cuatro universidades más antiguas y prestigiosas del país sean católicas, como tampoco lo es que el primer científico en clasificar la flora y fauna de nuestro país fuera el Abate Juan Ignacio Molina (1740-1829), o que el padre de la arqueología chilena moderna fuese el sacerdote Gustavo Le Paige (1903-1980), o que el registro antropológico más completo de los pueblos Selk’nam, Kawéskar y Yámana se deba al Padre Martín Gusinde (1886-1969).

Para una universidad católica, como la nuestra, creer en Dios no debería considerarse una mera inclinación sentimental. El descubrimiento de Dios surge del encuentro inevitable de dos caminos: por un lado, la fe y la tradición que iluminan y dan sentido a la vida terrenal; por el otro, el conocimiento científico que nos revela la exquisita y sutil estructura de la creación y nos orilla con humildad y asombro a plantearnos las preguntas fundamentales sobre nuestra propia existencia y su sentido.

Werner Heisenberg (1901-1976), Premio Nobel de Física del año 1932, lo planteó con lucidez: el primer sorbo de la copa de la ciencia puede volvernos escépticos, pero en el fondo de esta, Dios siempre está esperando. A 35 años de su fundación, el valor de la UCSC radica precisamente en cultivar la razón y la ciencia para encontrarnos con Dios.