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Cuando un títere cobra vida

Por Paola Pinilla Hormazábal, académica Facultad de Medicina UCSC

Quienes trabajamos con títeres conocemos una escena que se repite una y otra vez. Termina una función, pero un niño no quiere despedirse del personaje. Se acerca, le habla, le cuenta algo o espera que le responda. Sabe que detrás existe una persona que lo mueve y le presta su voz, pero durante ese encuentro ocurre algo extraordinario: para él, el títere cobra vida.

Este 25 de agosto, Chile conmemora por primera vez el Día Nacional del Títere y la Marioneta, una fecha para reconocer una expresión artística con una larga trayectoria, pero también para reflexionar sobre una capacidad que hace del títere una herramienta tan particular: su posibilidad de establecer vínculos con las personas.

Pero darle vida a un títere requiere mucho más que mover un objeto. Quienes nos dedicamos a este arte sabemos que una mirada, una pausa, un movimiento o una voz pueden construir un personaje. Y cuando ese personaje consigue establecer una relación con quien está frente a él, el títere deja de ser solamente el objeto material que tenemos entre las manos y se transforma en un interlocutor.

He podido observar esta capacidad tanto desde el arte como desde mi trabajo en el ámbito de la salud. En la formación de nuestros estudiantes utilizamos LUCAS, un muñeco de simulación clínica pediátrica que, mediante la actuación y manipulación en tiempo real, habla, se mueve, escucha y expresa sentimientos. Algo muy interesante ocurre durante estas experiencias: estudiantes y profesionales señalan que, en algún momento, dejan de pensar que están atendiendo a un muñeco y comienzan a relacionarse con él como si estuvieran frente a un niño.

Esto nos permite avanzar más allá del aprendizaje de un procedimiento. Podemos trabajar la comunicación, la empatía y el trato humanizado, competencias indispensables para cuidar a una persona. La técnica sigue siendo fundamental, pero la atención en salud también implica aprender a mirar, escuchar, explicar, contener y relacionarnos con quien tenemos enfrente.

Quizás allí radica una de las mayores riquezas del títere. Su valor no termina cuando se cierra el telón. Puede entrar a una sala de clases, participar en un proceso educativo o contribuir a la formación de futuros profesionales de la salud. En cada uno de esos espacios conserva algo esencial: su capacidad de generar un encuentro.

Por eso, celebrar por primera vez el Día Nacional del Títere y la Marioneta es también reconocer a quienes han desarrollado y preservado este arte en Chile. La elección del 25 de agosto, natalicio de Sergio “Tito” Guzmán, Tesoro Humano Vivo y figura fundamental del arte titiritero nacional, nos recuerda que detrás de cada personaje que cobra vida existe también un oficio, una tradición y personas que han dedicado su trayectoria a mantenerla vigente.

Como enfermera, académica y titiritera, he tenido la oportunidad de comprobar que mundos que a primera vista parecen muy distantes pueden encontrarse. El arte y la salud tienen, después de todo, algo profundamente humano en común: ambos necesitan ser capaces de establecer vínculos. Y a veces basta un pequeño personaje de tela, espuma o madera para recordárnoslo.