El problema no eres tú, el problema soy yo - UCSC
Blog Teología

El problema no eres tú, el problema soy yo

Por Ángela Alarcón, académica Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía UCSC

“Es un libro antiguo”. “Hay relatos incomprensibles”. “La Biblia dice cosas con las que no estoy de acuerdo”. Estas afirmaciones aparecen al hablar de la Sagrada Escritura. Y es verdad: algunas páginas nos conmueven, mientras otras nos desconciertan, nos incomodan o parecen lejanas a nuestra manera de comprender el mundo.

Entonces responsabilizamos a la Biblia. Decimos que ya no habla a nuestro tiempo, no responde nuestras preguntas o ha perdido vigencia. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos cómo la estamos leyendo. Tal vez deberíamos decirle: “El problema no eres tú, el problema soy yo”.

Por mucho tiempo la hemos visto como un código moral, una colección de respuestas o un manual de conducta. También hemos extraído frases aisladas para confirmar ideas, condenar conductas o defender posiciones. Leída así, no es extraño encontrar contradicciones, anacronismos o respuestas sin relación con nuestra vida.

La Biblia no fue escrita de una vez, por un solo autor humano ni con un mismo propósito. Es una biblioteca nacida a lo largo de siglos. En ella encontramos relatos, poemas, leyes, oraciones, cartas, parábolas y profecías, surgidos en lenguas y culturas distintas. Ignorar esto equivale a entrar a una conversación ya comenzada y creer que comprendemos todo por oír una sola frase.

Por eso, no todo se lee de la misma manera. Un poema no informa como una crónica; una parábola no es una descripción literal; una ley de una sociedad antigua no se aplica automáticamente a nuestro tiempo. Que una conducta sea narrada tampoco implica que esté aprobada ni sea norma universal.

Interpretar la Biblia no es hacerle decir lo que queremos ni eliminar lo que nos incomoda. Supone comprender qué quiso comunicar un texto, su contexto y su sentido. La constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, recuerda considerar los géneros literarios y el contexto histórico de los autores. La Pontificia Comisión Bíblica también advierte sobre las lecturas fundamentalistas, que olvidan el carácter histórico de la revelación y la dimensión humana del texto.

La responsabilidad no es solo de quien la lee por primera vez; también de quienes la enseñamos, predicamos y presentamos como Palabra de Dios. A veces entregamos el texto sin claves de lectura, damos respuestas antes de escuchar preguntas, reducimos relatos a una sola enseñanza o la usamos para cerrar conversaciones que ella misma podría abrir.

No basta con poner la Biblia en manos de alguien y esperar que la comprenda solo. En Hechos de los Apóstoles, ante la pregunta ¿Entiendes lo que estás leyendo?, el etíope responde a Felipe: ¿Cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica? (Hch 8,30-31). Felipe lo acompaña a comprender las Escrituras. Necesitamos hacer lo mismo: ofrecer contexto, claves y herramientas. Las introducciones y notas a pie de página ayudan a entrar mejor en el texto, pues leer la Biblia se aprende, y suele aprenderse acompañado.

En este Mes de la Biblia, la invitación es aprender a leerla, comprenderla y conversar con ella con fe, preguntas y humildad. No para obligarla a responder aquello para lo que no fue escrita, sino para descubrir el sentido que quiere abrir.

Quizás descubramos que la Biblia no dejó de hablarnos; solo necesitábamos aprender a escucharla, conocer su lenguaje y entrar en su mundo. La Biblia no es simplemente un libro que se abre: es una Palabra en la que aprendemos a entrar.