Al cumplirse un nuevo aniversario de la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos, menester resultar proyectar algunas claves de su desarrollo y como foco de la reflexión en el mundo de la educación; su pertinente magnitud para resignificar un mundo que parece alcanzado por las grietas de la ideología y la fragmentación social.
Al enunciar el desafío de responder desde una gramática universal a los totalitarismos, y la continua sofocación de la dignidad del individuo que las guerras mundiales propiciaron; se puede pensar que los Derechos Humanos germinan como condición necesaria de los más variados ordenamientos y configuraciones socio-culturales. El arduo y sofisticado trabajo que implicó su diseño, el análisis de los relieves culturales y religiosos, junto al trabajo diplomático de su promoción; debió calar profundo en los diversos vértices del tejido social y manifestar nuevos entendimientos para una humanidad que se comprenda desde el irrestricto fundamento de una dignidad inalienable. Si bien es cierto, la cardinal incidencia de la Declaración en pactos como el PIDESC (Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales) y el PIDCP (Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos) ambos de 1966; no es posible librarnos de la necesidad de asumir que una visión total y compleja de los derechos humanos, está lejos de ser plenamente admitida y tutelada en los diversos recovecos que dan capilaridad al quehacer cotidiano.
En un mundo contemporáneo mediado por la imagen, las redes, la proyección de logro en aquello que puede ser consumido; se vuelve pertinente mirar y retomar ese sentido de humanidad que se ofrenda en el diálogo, en el encuentro y en vivir la cotidianeidad desde una cultura del cuidado. La educación -cuya misión es conservar el acervo cultural y proyectar lo que ha de ser tratado como verdadero- es condición fundamental para esta causa. Mirar la educación como tierra común para propiciar una cultura del respeto, la paz y la amistad cívica; requerirá el brío de una promoción permanente de los Derechos Humanos y deberá encontrar en los educadores, la plasticidad para ser transversalizada y presentada como tarea permanente; aún en la exigencia de indicadores logro y recovecos disciplinares cada vez más crípticos.
La nota de cualidad que debe ofrecer la educación no puede restringirse a una contemplación nominal de la persona y sus derechos y deberes; por el contrario, la verdadera vitalidad de la educación deberá ofrecer vías para mostrar el horizonte al que nos conduce el bien de la persona y su dignidad inalienable. Educar en los derechos humanos -en tanto ofrecer claves de lectura de la realidad y sopesar el sentido de vivir juntos- deberá situar mucho de los esfuerzos y las condiciones de significado, a la propensión de un bien que sea verdaderamente común y a construir desde la colaboración, una forma de dirigir nuestros destinos y situar proyectos colectivos que no asfixien la individualidad y libertad; sino que permitan el florecimiento de nuevas vías de relación, donde cada uno tenga una voz y forje su propia historia. Educar en y desde los derechos humanos, implicará el esfuerzo de ofrecer escucha y fijar la mirada en el otro que siempre es válidamente otro; como plantea el Papa León XIV en su reciente carta al mundo de la educación “Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha”; Una comunidad que enseña en estas claves, es una comunidad que contribuye a la sociedad a la que pertenece y a la humanidad a la que sirve.