Biobío, una comunidad fracturada - UCSC
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Biobío, una comunidad fracturada

Por Lorena Mardones Leiva, académica Facultad de Medicina UCSC

El año 2026 comenzó con dos acontecimientos lamentables en nuestra región: la muerte del joven Cristóbal Miranda, luego de recibir una golpiza en la fiesta de Año Nuevo organizada por Espacio Marina, y el megaincendio que destruyó más de 4.000 casas y 15.000 hectáreas de bosque.

Imagino que todos los padres sintieron un nudo en el pecho al conocerse la noticia que Cristóbal, un joven de 20 años, había sido golpeado por otros doce jóvenes y permanecía internado de gravedad en una clínica local. Aún más angustiados debieran haberse sentido aquellos padres que sabían que sus hijos también habían asistido a ese evento. El hecho que Cristóbal haya fallecido días después, agrava la pena judicial del caso, pero la sola golpiza revela un acto de cobardía e inhumanidad, lo que queda en evidencia incluso en el nombre que se dio al grupo de agresores: la “Jauría del Biobío”.

Este hecho de violencia nos afecta como sociedad, porque nos deja la sensación de que nuestros hijos -y nosotros mismos-  estamos extremadamente vulnerables en cualquier espacio, sea público o privado. Más aún, nos obliga a reconocer cuan dañada está nuestra sociedad, ya que cada joven que propinó un golpe, una patada o contuvo a quienes intentaban defender a la víctima actuó de manera deliberada. Aunque haya sido en una fracción de segundo, sopeso los pro y los contra de su acción y decidió llevarla a cabo.

El tema de fondo, es que la libertad y voluntad humana suelen malinterpretarse, pues no implican “hacer lo que quiero”, sino en “hacer lo correcto”. Somos seres racionales, parte de una sociedad civilizada, y debemos propiciar el bien no solo porque las leyes así lo establezcan, sino porque existen estándares morales que se han ido forjando a lo largo de las décadas, muy lejos ya de los circos romanos, donde el asesinato de indefensos era un espectáculo masivo.

La violencia extrema, ejercida sin empatía y en grupo, nos obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué estamos dispuestos a aceptar como normal. Nos interpela como comunidad, como familias, como instituciones y como sociedad en su conjunto. Debemos revisar críticamente los valores que estamos transmitiendo, incluso desde edades tempranas, y los límites permitidos. La violencia no surge de la nada; se gesta en una sociedad que normaliza el daño y relativiza la dignidad humana.