Construir sobre humedales: una decisión urbana que exige mirar más allá de lo inmediato - UCSC
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Construir sobre humedales: una decisión urbana que exige mirar más allá de lo inmediato

Por Daniela Villouta Gutiérrez, Jefa de Carrera de Arquitectura UCSC

La polémica generada tras las declaraciones del ministro de Vivienda, Iván Poduje, sobre la Ley de Humedales Urbanos, en medio del debate por suelo habitacional en Valdivia y el proyecto Guacamayo 3, reabrió una discusión que Chile debe abordar con profundidad: cómo conciliamos crecimiento urbano y protección de ecosistemas fundamentales para la seguridad de nuestras ciudades. Cuando se instala la idea de que los humedales son una barrera para el desarrollo, es necesario ampliar la mirada y comprender que planificar no solo implica construir, sino decidir dónde, cómo y con qué consecuencias.

Los humedales no son terrenos vacíos disponibles para urbanizar. Son ecosistemas vivos, suelos saturados de agua, dinámicos e inestables, que cumplen funciones esenciales en regulación hídrica, biodiversidad y adaptación frente a eventos extremos. Desde la arquitectura, la pregunta principal no debería ser si se puede construir sobre ellos, sino si realmente es recomendable hacerlo.

Sus características naturales los convierten en territorios particularmente sensibles. La baja capacidad portante, la saturación y su comportamiento cambiante implican riesgos cuando se alteran para soportar infraestructura permanente. Intervenirlos mediante rellenos o estabilización transforma profundamente su equilibrio natural y aumenta vulnerabilidades estructurales, económicas y urbanas.

Pero los impactos no son solo técnicos. También afectan la vida cotidiana. Habitar sobre estos suelos puede significar mayor humedad, deterioro acelerado, costos de mantención más altos y potenciales efectos en la salud. Es una discusión sobre seguridad, bienestar y equidad.

Aunque la tecnología ofrece soluciones como cimentaciones profundas, drenajes especializados o mejoramiento de suelos, estas implican mayores costos iniciales y permanentes. A ello se suma una pérdida muchas veces irreversible: la degradación de servicios ecosistémicos clave para toda la ciudad.

Los humedales urbanos funcionan como infraestructura natural. Amortiguan inundaciones, absorben excedentes de agua, regulan temperaturas y fortalecen resiliencia territorial. Cuando desaparecen, las consecuencias exceden a un proyecto específico y afectan barrios completos.

Por eso, más que insistir en transformarlos para ajustarlos a modelos tradicionales de urbanización, el desafío está en integrarlos inteligentemente. Parques inundables, infraestructura verde-azul y restauración ecológica permiten incorporarlos como parte de soluciones urbanas sostenibles.

La discusión de fondo no es solo ambiental. También es económica, social y territorial. Proteger humedales no significa frenar el desarrollo, sino comprender que una ciudad verdaderamente sostenible reconoce los límites de su entorno y aprende a convivir con él. En ciudades como las del Biobío, marcadas por sismos, ríos y borde costero, esta reflexión resulta aún más urgente: no se trata de oponer vivienda y naturaleza, sino de evitar decisiones de corto plazo que mañana multipliquen riesgos, desigualdad y costos para las comunidades y para la planificación territorial futura.