Cuando la ciudad debe aprender a convivir con el agua - UCSC
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Cuando la ciudad debe aprender a convivir con el agua

Por Daniela Villouta Gutiérrez, Jefa de Carrera de Arquitectura UCSC

Las intensas lluvias registradas durante los últimos días en la Región del Biobío nos vuelven a enfrentar a una pregunta que va más allá de cuánto llueve: ¿qué tan preparada está nuestra ciudad para convivir con el agua?

La vulnerabilidad urbana no depende únicamente de la intensidad de las precipitaciones, sino también de cómo y dónde hemos construido. Concepción se encuentra en un territorio marcado por humedales urbanos, ríos, esteros y una amplia superficie de borde costero. Reconocer estas preexistencias naturales debe ser un punto de partida para pensar nuestro desarrollo urbano.

Cuando una decisión proyectual se toma sin considerar sus efectos sobre el sistema completo, el problema puede trasladarse a otro barrio. Por eso, no basta con evaluar si una edificación cumple individualmente con una normativa. Es necesario comprender cómo cada intervención se relaciona con el sistema hídrico y urbano en su conjunto, entendiendo que la ciudad funciona como una red.

Las galerías comerciales de Concepción ofrecen una experiencia interesante. Su origen estuvo asociado a la necesidad de maximizar el uso del suelo en las manzanas centrales, pero su configuración terminó generando una red de pasajes cubiertos que favorece la circulación peatonal y entrega protección frente a las condiciones climáticas.

Nuestro sistema de galerías alcanza cerca de cuatro kilómetros de extensión. Su valor no está únicamente en ser espacios cubiertos, sino también en su capacidad para conectar calles, facilitar los recorridos y formar parte de la lógica de movimiento del centro. Nos muestran cómo una solución arquitectónica puede integrarse a la experiencia cotidiana de quienes habitan y recorren la ciudad.

Pero esta experiencia también muestra sus límites. Frente a eventos climáticos extremos, una galería no puede entenderse de manera aislada. Su funcionamiento depende de las calles, accesos, colectores y sistemas de evacuación de aguas que la rodean. Si el agua ingresa desde el exterior o los accesos se encuentran en cotas bajas, estos espacios también pueden transformarse en lugares vulnerables.

Por eso, las lluvias actuales nos obligan a ampliar la mirada. La adaptación no depende de una obra aislada ni exclusivamente de la planificación territorial. Requiere comprender el territorio como un sistema integrado, donde el agua también tiene sus propias rutas y áreas de ocupación.

Debemos recordar que el territorio fue primero del agua y que es el entorno construido el que debe respetar esa preexistencia. Esto implica repensar cómo ocupamos el suelo y cómo diseñamos nuestros espacios públicos, especialmente frente a escenarios de cambio climático que nos exigen anticiparnos y no solo reaccionar.

En este desafío, el espacio público puede asumir un nuevo rol: ser también infraestructura climática. Jardines de lluvia, parques inundables y zonas de infiltración pueden contribuir a retener, infiltrar y conducir el agua y, al mismo tiempo, convertirse en lugares de encuentro para la comunidad.

La experiencia de las galerías nos recuerda que la arquitectura puede responder a las condiciones de un territorio. Hoy necesitamos llevar esa reflexión a una escala mayor: pensar no solo en edificios que resistan la lluvia, sino en ciudades capaces de convivir con ella y adaptarse a sus ciclos naturales.