Todo el que trabaja en salud tiene algo de Quirón, centauro trágico del mito griego, sanador herido, hijo del Tiempo (Cronos), servidor de muchos, que, a pesar de su inmortalidad, no era ajeno al dolor, lo que le otorgaba una perspectiva única y empática hacia el sufrimiento ajeno.
Al iniciar este año académico, se les preguntó a los estudiantes de primer año que cursan carreras del área de la salud sobre sus motivos del por qué iniciaron sus estudios en un ámbito como éste. Desde razones personales como que tenían un familiar enfermo al que querían ayudar, otros indicaron por el solaz del estudiar a la mujer y el hombre a través de las ciencias de la vida (aquellos que disfrutaron de la biología en Enseñanza Media), y otros tantos para experimentar el contacto con los pacientes (un otro que sufre) o por el sincero deseo de contribuir a una mejor sociedad, deseo altruista de construir un entramado común más equitativo, buscando cerrar brechas de desigualdad y contar con un acceso a una atención sanitaria de calidad.
Sin agotar los motivos que desplegaron los cuales son muy loables y deseables, existe un denominador común que subyace a toda motivación no egoísta en ejercer una disciplina que tenga que ver con la salud: el servicio. Este servicio como la disposición de ayudar y estar disponible para otro, nace de la atención y el amor. No hay amor sin atención (Simone Weil), por lo que el “atender” consiste en suspender el pensamiento, vaciarse, disponerse para el objeto de asistencia que es una persona que sufre.
En lo práctico, lo anterior significa estar plenamente presentes para aquellos a quienes servimos, escuchando (escuchamos para ser) no sólo con nuestros oídos, sino con el corazón. A través de este arte- ciencia nos hacemos con el otro, un llevar a la carne el “yo soy tú”, el identificarnos con algo distinto de uno mismo, en el cual sufro a pesar de que su piel no envuelve mis nervios o como nos recalca Pablo D’ors en su libro “Sendino se muere” … “el enfermo al que visito y ante quien estoy, por tanto, no es otro: soy yo. Como yo me comporte con él, así se comportarán conmigo. Todos los enfermos ponen ante mí un espejo, de modo que en su rostro veo el mío”.
La empatía es la piedra angular de la ética médica, y se manifiesta en el cuidado del otro como si fuera uno mismo (amar al prójimo como a ti mismo). Por lo tanto, el origen de la moralidad más íntima de la Medicina nace de la vulnerabilidad del hombre enfermo, de las obligaciones morales del agente sanitario y de la naturaleza de la enfermedad.
Este saber técnico, como lo define Pellegrino, es la “más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades”. El entregarse también lo ha dimensionado la poesía a través de nuestra nobel Gabriela Mistral. Rescato unos versos de su poema “El placer de servir”: “Toda naturaleza es un anhelo de servicio/ Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco… Dios que da el fruto y la luz, sirve / Pudiera llamarse así: El que Sirve”. Por lo tanto, característica de todo lo creado, desde lo micro a la macro es el afán divino de ayudar. Y el Tao Te Ching, milenaria doctrina china reafirma en razón del servir: “Por lo tanto, el sabio cuida a todos los hombres / y no abandona a ninguno / Cuida de todas las cosas / y nada abandona” (Tao Te Ching 27).
Ojalá esto se pueda proyectar en nuestros educandos que inician la aventura cristiana de ser un agente sanitario embebido en la fe, en la esperanza y en la caridad.