Filosofía femenina en el Día Internacional de la Mujer - UCSC
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Filosofía femenina en el Día Internacional de la Mujer

Por Carolina Lagos Oróstica, académica de la Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía UCSC

Cada 8 de marzo el mundo se viste de consignas y conmemoraciones. Se recuerda la legítima y poderosa lucha de las mujeres por la igualdad, la justicia y la dignidad. Pero, más allá de las conmemoraciones, existe un terreno que aún permanece con cierto grado de desconocimiento social, pese a lo fundamental que ha sido para la elaboración de los argumentos que justifican la reivindicación femenina: el pensamiento filosófico producido por mujeres.

Si bien la historia de la filosofía se ha narrado como universal, en realidad ha sido selectiva y excluyente. Platón y Kant ocupan las páginas centrales de los manuales que enseñan en qué consiste el pensamiento racional y la ética, mientras Sor Juana Inés de la Cruz, Christine de Pizan, Simone Weil o María Zambrano, entre tantas otras intelectuales, aparecen de manera marginal en comparación con la magnitud de su obra. Sin embargo, fueron ellas quienes desafiaron el canon y devolvieron a la filosofía su vocación original: pensar lo humano en su totalidad. Sor Juana defendió el derecho al saber en términos de un acto de dignidad frente a la censura.

María Zambrano, desde el exilio, propuso una “razón poética” que no adorna el pensamiento, sino que lo rescata de su encierro logo céntrico y lo abre a la vida, a lo plural, a lo diverso. Estas pensadoras no se limitaron a narrar su experiencia de exclusión; más bien, elaboraron conceptos que cuestionan la raíz misma de las ideologías reduccionistas que aún gobiernan el mundo. El economicismo, el racismo y el extremismo político son expresiones contemporáneas de un pensamiento que pretende simplificar la complejidad humana, reduciéndola a cifras, jerarquías o dogmas. Frente a ello, la filosofía desarrollada por mujeres se ha planteado de manera constante como una apuesta por la pluralidad y la alteridad, condiciones imprescindibles para comprender lo humano en toda su riqueza.

En el complejo horizonte que configura la cultura actual, resulta pertinente destacar la necesidad de acudir a una ética profunda, orientada al cuidado del ser humano. En esta línea, la propuesta de Carol Gilligan se vincula con las reivindicaciones antes mencionadas, pues cuestiona la ética tradicional centrada en principios abstractos de justicia y reglas impersonales. Gilligan demuestra que la vida humana se sostiene en relaciones de interdependencia; por ello, el cuidado -entendido como responsabilidad hacia el otro- nos permite reconocer que la vulnerabilidad es compartida en la especie humana. Este principio se convierte en un fundamento filosófico que amplía la noción de racionalidad transmitida en nuestra sociedad. Según Gilligan, la ética no puede reducirse a cálculos normativos: debe integrar la voz de quienes viven en la fragilidad, en la dependencia y en la necesidad de vínculos.

En tiempos de polarización política y mercantilización de la vida, esta perspectiva resulta vital, pues nos recuerda que la dignidad humana no se mide en contratos ni en estadísticas, sino en la capacidad de cuidar y ser cuidado. Esta filosofía demuestra que pensar no se opone a vivir, sino que ilumina la existencia. Al igual que las pitagóricas, las místicas medievales, las humanistas y las académicas contemporáneas, Gilligan evidencia que el asombro filosófico no se agota en la teoría ni en la elaboración de conceptos al modo hegeliano, sino que se nutre de la experiencia vital. Este aspecto de integración entre razón y vida es oportuno de destacar en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, porque abre un camino para declarar una oposición definitiva al pensamiento político y ético utilitarista, incapaz de mejorar las condiciones del ser humano en su mundo.

Por lo anterior, recuperar las voces de las mujeres filósofas no busca simplemente llenar vacíos en los manuales, sino construir un pensamiento capaz de integrar lo diverso y devolver a la razón su vocación de totalidad. Sin la filosofía femenina, el pensamiento y la praxis del ser humano corren el riesgo de convertirse en un eco banal; con ella, en cambio, se abre la posibilidad de un mundo más humano, plural y justo. Esa posibilidad se enlaza con el legado de las 129 trabajadoras que, el 8 de marzo de 1908, perdieron la vida en un incendio provocado por el dueño de la fábrica donde trabajaban, tras manifestarse en una huelga que exigía mejores condiciones frente a la precariedad. Su sacrificio no solo marcó un hito en la historia de los derechos laborales, sino que también simboliza la urgencia de un pensamiento filosófico que denuncie la injusticia y fundamente, desde la voz femenina, un proyecto de dignidad y equidad para toda la humanidad.