Hablar de las canciones que aprendimos en la infancia, de las celebraciones que reúnen a las familias, de los relatos que pasan de una generación a otra y de aquellas costumbres que, muchas veces sin darnos cuenta, nos conectan con quienes estuvieron antes, es hablar de folclore.
Sin embargo, todavía se piensa en el folclore como algo del pasado: una postal costumbrista o una tradición, a veces incluso inventada, que debemos conservar intacta. Pero es mucho más que eso: es patrimonio vivo, porque existe mientras las comunidades lo practican, lo transmiten y lo resignifican. La música, la danza, las fiestas religiosas, las devociones populares, las costumbres campesinas y las expresiones comunitarias son formas mediante las cuales una sociedad construye y comunica su identidad. En ellas habitan memorias, afectos, conocimientos y una profunda dimensión espiritual.
La religiosidad popular es un espacio privilegiado para comprender y vivir el patrimonio desde una mirada integral, alejada de clasificaciones que tienden a segmentarlo. La experiencia de la fe no está limitada al interior de los templos; también recorre las calles y se expresa mediante cantos, procesiones, bailes y otras celebraciones que reúnen a familias y comunidades en torno a aquello que consideran significativo.
Una festividad religiosa es, al mismo tiempo, una expresión de fe y una manifestación cultural. En ella se transmiten prácticas, conocimientos y formas de organización comunitaria. Por eso, aproximarnos a estas expresiones únicamente como espectáculos culturales o solo desde una dimensión religiosa significaría desconocer parte de su significado y todo el trabajo que existe detrás de ellas. El patrimonio, precisamente, nos invita a problematizar el folclore.
Una tradición no permanece viva porque aparezca en un inventario o porque una institución la declare oficial. Permanece porque alguien la canta, la baila, la celebra, la enseña y encuentra en ella una parte de su propia historia. En ese proceso, las comunidades adquieren un papel fundamental.
Por lo anterior, proteger el folclore no significa congelarlo en el tiempo, sino comprenderlo y analizarlo como un fenómeno contemporáneo, heredero de una tradición histórica que se resignifica permanentemente. Las culturas cambian porque las comunidades cambian, y las nuevas generaciones interpretan esa herencia desde su propio presente.
El desafío no es impedir esas transformaciones, sino generar condiciones para que las comunidades puedan participar activamente en la transmisión y construcción de sus patrimonios, tal como lo plantea la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO (2003), ratificada por Chile en 2009.
Esta tarea requiere instituciones, políticas públicas y espacios educativos y culturales, ámbitos en los que hemos avanzado considerablemente. Pero también requiere una actitud fundamental: escuchar. En este sentido, las universidades debemos no solo investigar y formar, sino también dialogar y vincularnos bidireccionalmente con los territorios, reconociendo los saberes comunitarios y contribuyendo a que las nuevas generaciones comprendan que tienen una gran responsabilidad.
Porque el folclore no es simplemente aquello que hemos heredado. Es también aquello que, como comunidades, decidimos mantener vivo para seguir dando sentido a los espacios que habitamos y a la historia que compartimos.