Homilía del Cardenal José Tolentino de Mendonça en inauguración año académico 2026 - UCSC
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Homilía del Cardenal José Tolentino de Mendonça en inauguración año académico 2026

Por Cardenal José Tolentino de Mendonça

Jueves de la V Semana de Cuaresma

Universidad Católica de la Santísima Concepción

Capilla Santa María Reina, Campus San Andrés, 26 de marzo de 2026

 

“La Verdad que trasciende el tiempo: de la lógica a la Revelación”

Queridos profesores y alumnos, nos encontramos hoy ante uno de los diálogos más tensos y fascinantes del Evangelio de san Juan. Vemos a Jesús en un debate intelectual y espiritual con los líderes de su tiempo. En el contexto universitario estamos acostumbrados a los debates, al análisis de datos y a la búsqueda de la verdad histórica. Aquí, Jesús se enfrenta a una audiencia que, al igual que muchos de nuestros ambientes académicos, inte encerrar la realidad solo dentro de los límites de lo que puede entender humanamente o medir cronológicamente.

Jesús comienza con una promesa audaz: «El que es fiel mi palabra, no morirá jamás» (Jn 8,51). No se refiere a la muerte biológica, sino a la muerte del alma, al vacío de vivir sin propósito o alejados de Dios. «El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás» ¿Qué significa esto? Ser fiel a su palabra no es solo aprenderla, es hacerla vida. Cuando permitimos que el Evangelio guíe nuestras decisiones, el miedo se disipa, porque ya estamos viviendo desde ahora en la eternidad. Como comunidad universitaria, ser fieles o guardar su palabra no significa memorizar un esquema, sino permitir que el mensaje de Cristo sea el criterio para juzgar la realidad, encontrando un sentido que la muerte no puede destruir. Es un llamado a que nuestra búsqueda científica o académica no sea solo una acumulación de datos, sino un camino hacia Jesús, el único que puede hacer que no veamos la muerte para siempre. Guardar su palabra significa, en definitiva, vivir según sus enseñanzas de amor y de verdad, lo cual garantiza la vida eterna. En el rezo de su primer Ángelus en Castel Gandolfo, el Papa León afirmó: «Para vivir la vida eterna no hace falta engañar a la muerte, sino servir la vida, es decir, cuidar la existencia de los demás en el tiempo que compartimos con ellos. Esta es la ley suprema, que está por encima de toda norma social y le da sentido».

Sin embargo, los oyentes de Jesús atrapados en un materialismo responden a esa promesa del Señor con una lógica puramente humana. Impecable, sí, pero, al fin y al cabo, solo humana. Ellos apelan a la genealogía y a la historia. El diálogo de Jesús con los judíos representa el choque entre dos formas de entender la realidad. Sus interlocutores están atrapados en una lógica empírica: «Abraham murió, los profetas también murieron… ¿quién te crees que eres tú?» (cf. Jn 8,52-53). Esta pregunta resuena también en nuestras aulas: ¿Es acaso posible que exista una verdad que no dependa solo de los datos del pasado? Jesús responde a esta interrogante con una afirmación que rompe los esquemas temporales: «Antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8,58). Como universitarios no podemos caer en la tentación del reduccionismo. Creer que solo lo cuantificable o lo históricamente comprobable es real, verdadero. Sin embargo, Jesús nos invita a una apertura de horizonte. Nos invita a tener una dimensión de “verdad” más trascendental, eterna, que no caduca con el tiempo. La razón es un camino hacia la verdad, sí, pero la fe es la luz que permite ver el horizonte completo. Sin ella –sin la fe– la razón no alcanzará jamás la verdad plena. «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad» lo afirma la Encíclica Fides et ratio. Y así, también, lo decía el Doctor de la Iglesia, san John Henry Newman: «La cuestión de la relación entre fe y razón no es un capítulo opcional: la verdad religiosa no es solo una parte, sino una condición del conocimiento general».

Los oyentes de Jesús apelan, pues, a la historia, a Abraham. Están anclados en el pasado, en una herencia genética –científica– y religiosa que les da seguridad, pero que les impide ver la novedad de Dios frente a sus ojos. A veces nosotros hacemos lo mismo: nos refugiamos en el “siempre se ha hecho así” y cerramos el corazón a lo que el Espíritu nos pide hoy. Jesús nos invita a una fe dinámica, no a una fe de museo. Y, en este sentido, en cuanto a nuestras prácticas educativas y a nuestros métodos de enseñanza se refiere, es también un apelo a la identidad, fidelidad y relanzamiento. «No basta con conservar: –dice el Papa León– es necesario relanzar. Pido a todas las realidades educativas que inauguren una etapa que hable al corazón de las nuevas generaciones». (Diseñar nuevos mapas de esperanza, n. 10.2)

A Abraham, un hombre de noventa y nueve años, Dios le propuso algo que desafiaba la lógica humana y la misma biología: «Serás padre de una multitud de naciones» (Gn 17,1). Y, no obstante eso, Abram aceptó el reto y la promesa se cumplió. Aquí nace una nueva identidad, fruto de una nueva misión: de Abram a Abraham. Para ustedes, estudiantes y docentes, este texto es un llamado a la fecundidad intelectual y vital, desafiando muchas veces la misma lógica humana. Y es que Dios no le pidió a Abraham algo imposible, pero sí le pidió que «caminara en su presencia y fuera irreprochable» (cf. Gn 17,1), es decir, íntegro. En la universidad, la integridad ha de ser nuestra mayor alianza: nuestra búsqueda de conocimiento no puede estar separada de nuestra calidad humana, de patrones éticos y cristianos. La promesa de Dios se cumple cuando nuestra vida se convierte en un servicio a los demás. El servicio no es un complemento, un apéndice de la formación, sino su esencia misma. «La educación –dice el Papa León– no mide su valor solo en función de la eficiencia: lo mide en función de la dignidad, la justicia y la capacidad de servir al bien común» (Diseñar nuevos mapas de esperanza, n. 4.2). De modo que, en el acto de servir, el conocimiento se convierte en sabiduría, la teoría se traduce en vida y la universidad se transforma en una auténtica comunidad de aprendizaje y solidaridad.

Retornando al texto evangélico, el clímax de la confrontación entre Jesús y sus interlocutores llega con la declaración ontológica: «Yo Soy». Jesús no dice: “Yo era” o “Yo existía”, sino que usa el presente eterno. En otras palabras, se está identificando con el nombre divino revelado a Moisés en la zarza ardiente y, al hacerlo, está afirmando ser el fundamento mismo de la existencia. Esta afirmación de Jesús es la respuesta al escepticismo radical. Ante la pregunta irónica: «Todavía no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?» (Jn 8,57), Jesús responde que Él es la razón de ser de Abraham. Y Abraham se alegró no por haber visto un dato histórico, sino por percibir la presencia de Dios, es decir, la Vida misma (cf. Jn 8,56). Esta es, pues, la frase central, la afirmación más importante. Él es el eterno presente. No es alguien que “ha venido después”, sino el origen mismo de todo ser. Aquí está el núcleo de nuestra fe: Jesús no es solo un personaje histórico o un gran filósofo moral. Él es la Verdad preexistente. Al afirmar así su divinidad: «Yo Soy», Jesús nos invita a fundamentar nuestra ciencia y nuestra vida no en modas ni ideologías pasajeras, sino en Él, que es la Verdad permanente. En cada disciplina buscamos verdades fragmentadas; hoy y siempre se nos ofrece la Verdad que unifica la vida. La fe se presenta como el fundamento de la cultura y de la dignidad humana en el camino de la historia: «Esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse por la fe» (GS n. 40).

Hermanos, hoy la invitación de Jesús es a “guardar su palabra”. Guardarla que no significa archivarla, como si fuera un cúmulo de información o memorizarla como si fueran solo útiles conceptos, sino tratar de generarla con la vida. Abraham creyó contra toda esperanza, fue fiel, actuó y se le dio un futuro. Jesús se presenta como el origen de esa esperanza: «El que es fiel mi palabra, no morirá para siempre». Queridos alumnos, no tengan miedo de cuestionar, de debatir, de buscar la verdad, pero háganlo con fe, con humildad. La fe no anula su inteligencia, la ensancha. La fe no contradice su historia, la llena de plenitud. Y ustedes, queridos profesores, su labor es reflejo de la Alianza. Iluminar inteligencias, en esencia, ayudar a otros a que descubran ese “Yo Soy”, que fundamente el ser, ofrece sentido y sustenta toda realidad y belleza.

En fin, “guardar la palabra” de Jesús es integrar la fe y la razón, que acontece transversalmente en una universidad católica y con el auxilio de la pastoral universitaria y de la reflexión teológica. Es entender que nuestra sed de saber es, en el fondo, sed de inmortalidad. Que por nuestra participación en esta Eucaristía, Dios nos conceda la fe y la audacia de Abraham para caminar hacia lo desconocido y el reconocimiento de Jesús, la Verdad plena, para descubrir que, en medio de nuestros libros, laboratorios y aulas, la Vida Eterna ya ha comenzado para aquel que, con integridad y fidelidad, guarda su palabra.

¡Que así sea!