Homilía Misa de Aniversario 35 años UCSC - UCSC
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Homilía Misa de Aniversario 35 años UCSC

Por Monseñor Sergio Pérez de Arce

Queridos hermanos, nos unimos en oración para agradecer a Dios los 35 años de caminar de nuestra querida Universidad: agradecer a Dios su bondad manifestada de tantas maneras y agradecer la entrega generosa de tantos y tantas que han ayudado a edificar esta Casa de Estudios. Con el Salmo responsorial decimos: “Bendito sea el Nombre del Señor, desde ahora y para siempre”.

Para acercarme al significado de este aniversario, me puse a pensar en una persona de 35 años. Es verdad que no hay una experiencia única y las personas son muy diversas, pero normalmente a los 35 años una persona es adulta y ha adquirido una madurez y estabilidad que le permite ir consolidando proyectos. Es una persona que va asumiendo crecientes responsabilidades: comenzando una vida familiar, empezando a ser padre/madre, tomando obligaciones laborales más serias… Una persona que va consolidando su identidad y su justa autonomía.

Pero esta visión es incompleta si no advertimos que a los 35 años a una persona le falta todavía mucho por vivir, y le pueden venir –y de hecho le vienen– crisis propias de su proceso de desarrollo y otras crisis generadas por acontecimientos diversos… Es decir, nadie a los 35 años tiene un futuro de estabilidad asegurado. Sin embargo, sí puede tener esa persona las bases, las habilidades, las convicciones, los fundamentos… para enfrentar los desafíos que el futuro le vaya deparando, incluso aquellos más difíciles.

Mirando nuestra Universidad, no hay duda de que ha llegado a ser una Universidad adulta, con identidad, que ha ido integrando positivamente diversas dimensiones de la ciencia, la enseñanza y la investigación, y que está haciendo un aporte en la vida regional y nacional, caminando junto a las demás universidades. Sin embargo, tenemos todavía un largo camino por recorrer, y tenemos que seguir consolidando nuestros caminos de desarrollo, nuestros logros, siendo muy responsables respecto de nuestro presente y futuro. Tenemos que permanecer abiertos a nuevas experiencias, a nuevos nacimientos, a nuevos aprendizajes –en un mundo que, por lo demás, es complejo y lleno de incertidumbres– viviendo todo esto desde nuestra identidad creyente, servidora de la persona y de la sociedad.

Leí por allí que a los 35 ya se empiezan a perder ciertas cosas en el desarrollo de las personas: empezamos a perder lentamente masa y fuerza muscular (sarcopenia), por eso los deportistas comienzan a vivir un cierto declive… Pero lo importante no es lamentar perder, siempre en las transformaciones vamos perdiendo algo que tuvimos antes, sino tener la sabiduría para vivir nuestra vocación y misión con fecundidad, generando vida y caminando con otros. Así que agradezcamos la vida que Dios ha dado y está dando a nuestra Universidad y enfrentemos nuestro presente y futuro con responsabilidad y audacia.

La palabra de Dios proclamada nos pone ante la misión de los 72, narrada por el evangelio de San Lucas. Jesús no sólo envía en misión a los Doce, que se dirigen a Israel, sino a un grupo más amplio de discípulos destinados a evangelizar el mundo pagano. Es un mundo más plural, al que deben ir de dos en dos, anunciando la buena nueva del reino de Dios. Es una imagen que conecta muy bien con la misión en medio de la Universidad, donde convive un mundo plural, tanto por las personas que forman esta comunidad como por las disciplinas y actividades que aquí se desarrollan. Y como los discípulos, que no van a la misión como personas aisladas, sino de dos en dos, la misión en la UCSC es una tarea común, que se enriquece con el aporte de muchos.

Los 72 discípulos vuelven, después de la misión, llenos de gozo donde Jesús, y le cuentan que les ha ido bien: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. También nosotros podemos alegrarnos por la tarea bien hecha y volver a Jesús para compartir con él nuestra legítima satisfacción.

El texto bíblico nos muestra que los discípulos comprenden que están en una lucha contra las fuerzas del mal, y Jesús los confirma en esta apreciación: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder (…) para vencer todas las fuerzas del enemigo”.

Creo que es oportuno comprender nuestra misión, también en la Universidad, como una lucha contra el mal, contra las fuerzas que nos deshumanizan. Es una lucha nunca acabada. No es una lucha de nosotros, los buenos, contra los malos, porque el mal también está en nosotros, sino es el compromiso de tantos hombres y mujeres que, con sus acciones y generosidad, van permitiendo que el reinado de Dios vaya creciendo, aún en medio de dificultades. El desarrollo humano e intelectual del joven estudiante, la investigación científica que hace avanzar el conocimiento, la contribución de trabajadores y docentes para que la Universidad cumpla su misión, el servicio a la Región desde diversas iniciativas universitarias, la solidaridad y el anuncio del Evangelio que se expresan en acciones pastorales, y un largo etcétera, todo esto contribuye a que el reino de Dios se vaya expandiendo y el mal vaya retrocediendo, a que el mundo sea un poco más justo y humano.

Es normal que el bien, las acciones positivas, incluso los éxitos, susciten en nosotros alegría y gratitud. Hoy estamos dando gracias y alabando a Dios. Pero podríamos decir que se trata de una alegría reactiva, que nace de los acontecimientos vividos y contemplados. Parece que Jesús nos quiere llevar a una alegría más profunda y permanente, a una alegría que tiene su fuente no en un acontecimiento sino en un vínculo, nuestro vínculo con Dios. Por eso le dice a los discípulos: “Alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”, es decir, de que ustedes estén en el corazón de Dios y Dios sea su Padre.

Y luego de esto, en aquel momento, Jesús se estremece de gozo, movido por el Espíritu Santo. Él, que es el Hijo, alaba al Padre, movido por el Espíritu Santo. Exulta a partir de lo más íntimo, en lo que hay de más profundo en él, que es su unión al Padre en el Espíritu. Aunque el contexto es el regreso de los discípulos y la buena obra realizada, su estremecimiento no está unido a un acontecimiento, sino que es una alegría que Jesús tiene por la acción del Espíritu Santo en él.

Nosotros también podemos tener este gozo porque hay un manantial de vida que habita en nosotros. Es la alegría de ser amados, de vivir sostenidos por la ternura de Dios y vivificados por su Espíritu. No es una alegría reactiva, pero sí creativa, porque nos lleva a vivir en el amor. Es una alegría que nace del interior, pero que se puede y se debe comunicar a los demás. Es una alegría que nos permite permanecer agradecidos y humildes en los éxitos, cuando todo va bien, y que nos permite permanecer serenos en los momentos opacos, cuando llega la fatiga o la dificultad, porque el manantial del Espíritu Santo está dentro de nosotros. Y ese manantial, que alimenta nuestra oración y nuestro servicio, es una fuente de vida que nada ni nadie nos puede quitar.

Hermanos, estoy hablando del lugar de la fe en nuestra misión y en nuestra vida, de esa luz que Dios ha hecho brillar en nuestros corazones, y que es un tesoro que tenemos que acoger, cuidar y hacer crecer cada día. Nuestra Universidad debe ser movida por muchas motivaciones y dinamismos que la enriquecen, pero en el centro ha de estar nuestra fe, fuente de vida.

El Padre revela este dinamismo de amor y de fe, dice Jesús, a los pequeños y queda oculto a los sabios y prudentes. Queda oculto al autosuficiente, al que no abre su corazón a los demás, el que no abre su corazón al Misterio. Para los creyentes, este Misterio es el Dios de bondad y misericordia manifestado en Jesucristo. Para otras personas que no viven la fe, esperamos que sea la apertura sincera al Bien, la Belleza y la Bondad. Hay que alzar siempre la mirada.

Unámonos esta mañana a la alabanza de María de la Santísima Concepción: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su servidora”. Que ella nos enseña los caminos de la misión bien hecha y de la alegría de la fe. A ella encomendamos el caminar de nuestra Universidad.