En Chile, la discusión sobre empleabilidad y formación se ha intensificado en los últimos años, no solo por los cambios acelerados del mundo laboral, sino también por transformaciones sociales profundas que impactan especialmente a los jóvenes. Estudios recientes advierten un aumento del individualismo defensivo, marcado por la incertidumbre, la competencia permanente y una creciente desconfianza respecto de que la educación superior, por sí sola, garantice un futuro laboral estable.
Este escenario interpela a las universidades y, en particular, a aquellas que asumimos la formación continua no solo como una oferta académica, sino como una responsabilidad social. Hoy no basta con formar; el desafío está en asegurar pertinencia, aplicación real y sentido, conectando la formación con proyectos de vida y con oportunidades concretas de inserción laboral.
Desde la Universidad Católica de la Santísima Concepción, la formación continua se concibe como un espacio de encuentro entre la vida universitaria y el entorno. Un puente que articula facultades, Instituto Tecnológico, centros de investigación, empresas, servicios públicos, establecimientos educacionales y comunidades, con un propósito común: poner el conocimiento al servicio de las personas y del territorio. Este enfoque responde a un sello católico, que sitúa a la persona en el centro, reconoce su dignidad y promueve una formación integral orientada al bien común, en sintonía con el concepto japonés Ikigai, entendido como “razón de ser” o “propósito de vida”.
Cerrar la brecha entre el aula y el empleo exige fortalecer metodologías teórico-prácticas, donde el aprendizaje dialogue con contextos reales de desempeño laboral. Programas diseñados y ejecutados junto a los sectores productivos, con enfoque práctico y acompañamiento formativo, permiten devolver confianza a quienes buscan proyectarse en un entorno cada vez más exigente.
Asimismo, resulta clave avanzar hacia certificaciones con valor real en el mercado, alineadas con perfiles laborales concretos, debe ser una señal clara de competencias efectivamente adquiridas y una herramienta que contribuya a reducir la incertidumbre que hoy experimentan muchos jóvenes y trabajadores. Este esfuerzo requiere una articulación efectiva con las políticas públicas, particularmente con instrumentos como la franquicia tributaria SENCE, porque cuando la academia, el sector público y el mundo productivo trabajan de manera colaborativa, la formación continua se transforma en un motor de inclusión, empleabilidad y cohesión social.
En tiempos de incertidumbre y repliegue individual, la formación continua tiene la oportunidad de volver a conectar la educación con el sentido, el trabajo con la dignidad y el conocimiento con el desarrollo de las personas y los territorios.