En tiempo de navidad, miramos al niño de Belén y algo profundo se remueve en nuestra conciencia colectiva. Esta fecha es un llamado a detenernos y mirar, con honestidad y sensibilidad, la realidad de miles de niños y niñas que viven en condiciones que ningún ser humano debería experimentar. Tal como advierte el Papa León XVI: “Hoy, ¿Cuánto dejamos que los niños vengan a nosotros? Y, sobre todo, ¿Cuánto nosotros vamos hacia ellos? Hacia esos niños arrasados por la guerra, los hambrientos por el egoísmo ajeno, los abusados por mil formas de violencia. La lógica, antes que el sentimiento, exigiría que los adultos protejan a los pequeños. Sin embargo, sucede exactamente lo contrario: en las guerras decididas por los grandes, los primeros en sufrir son precisamente ellos: los pequeños. ¿Qué veríamos si nos inclináramos a la medida de los niños de Gaza, de Járkov, de Goma y de tantos, demasiados lugares conmocionados por conflictos armados? Quizá, si lo hiciéramos, algo cambiaría”.
Pero también en nuestras ciudades de América Latina, muchos niños y niñas sobreviven a la incertidumbre y la indiferencia social. No son cifras, no son categorías administrativas: son rostros, voces, historias interrumpidas. Son cuerpos pequeños que transitan calles y en instituciones, que se vuelven demasiado grandes, demasiado hostiles. La vida de la niñez víctima de conflictos armados, de violencia sexual, la niñez migrante, no solo vulnera todos sus derechos; erosiona la esperanza, la confianza y el sentimiento de pertenencia que cada niño y niña necesita para crecer. Y, aun así, en medio de la adversidad más dura, encontramos en ellos una fuerza que conmueve: estrategias de supervivencia, gestos de solidaridad entre pares, una capacidad inmensa de resistir lo insoportable.
Verlos, realmente verlos como sujetos de derechos, es un acto de responsabilidad emocional y ética. Nos interpela como Estado, como instituciones, como profesionales y como comunidad. ¿Qué infancia estamos permitiendo que exista? ¿Qué tipo de sociedad somos, si aceptamos que algunos niños y niñas deban aprender de la negligencia y el abandono antes incluso de aprender a leer?, ¿Realmente haremos diferencias por su origen, raza o condición social?
La tarea es urgente. Requiere políticas públicas sólidas, sistemas de protección articulados y acompañamiento afectivo real, que reconozca su dignidad, pero también exige algo más íntimo: mirar a cada niño y niña como alguien único, irremplazable y digno de amor y cuidados. Porque toda infancia merece presente y futuro y la certeza de que no caminará sola. Como alguien dijo alguna vez: “La humanidad de una sociedad se mide por la forma en que cuida a su infancia; ningún niño o niña debiera crecer sintiendo que el mundo le dio la espalda.” Que en tiempos de navidad el nacido en Belén nos recuerde que la esperanza llega al mundo en la vida de un niño.