La violencia que aprendemos a llamar amor - UCSC
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La violencia que aprendemos a llamar amor

Por Paulina Muñoz Belmont, psicóloga de la Dirección de Género UCSC

¿Cuántos de nosotros hemos escuchado a algún conocido describir a su pareja como “la tóxica”? ¿Cuántas veces nos hemos reído frente a comentarios como “mi polola no puede salir sin mi permiso”? Estas frases, por cotidianas que parezcan, pueden contribuir a minimizar la violencia psicológica, normalizando conductas de control y ocultando su gravedad.

La violencia de pareja comprende un conjunto de comportamientos y dinámicas mediante los cuales una pareja o expareja causa daño físico, psicológico o sexual. En particular, la violencia psicológica puede manifestarse a través de la manipulación emocional, las humillaciones, las amenazas, los celos, el control y el acoso.

En los últimos años, ha sido reconocida como un importante problema de salud pública, debido a sus múltiples efectos en la salud física y mental. Sus efectos también pueden extenderse a los sistemas de salud, la productividad y la empleabilidad. Esta situación resulta especialmente preocupante durante la adolescencia y la juventud, etapas en las que algunas experiencias pueden normalizarse y contribuir a la reproducción de patrones de violencia en relaciones futuras.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres de entre 15 y 49 años ha experimentado violencia física y/o sexual por parte de una pareja íntima. En Chile, el Instituto Nacional de la Juventud señala que el 14,4% de los jóvenes de 15 a 29 años ha vivido violencia psicológica dentro de una relación romántica, cifra que aumenta al 51% entre quienes tienen entre 15 y 18 años. Asimismo, otros estudios indican que el 69% de los jóvenes chilenos considera frecuente o muy frecuente que se le pregunte a su pareja con quién ha estado para comprobar si miente, mientras que el 63% señala que su pareja ha sentido celos de sus amistades y han discutido por ello.

Estos patrones se enmarcan en un ciclo de la violencia, en el que una acumulación de tensiones puede aumentar hasta terminar en una agresión. Luego, quien ejerce la violencia justifica su conducta y minimiza lo ocurrido, utilizando frases como “tú me llevaste a ello” o “nunca más vuelvo a hacerlo”. Aquello desplaza la responsabilidad hacia quien sufre la agresión y generando sentimientos de culpa. Con el tiempo, produce desesperanza y favorece la normalización de la violencia, dificultando su reconocimiento y contribuyendo a que las agresiones se repitan o escalen.

Estas conductas no ocurren de manera aislada, sino que también se relacionan con patrones sociales y culturales que históricamente han legitimado relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres. Aunque diversos movimientos sociales han cuestionado estas creencias y promovido relaciones más igualitarias, también han surgido discursos que buscan reforzar los roles tradicionales de género y cuestionar avances asociados a la libertad y la equidad.

Esto también ocurre en espacios digitales, donde discursos misóginos alcanzan una amplia difusión entre las nuevas generaciones. En algunos de ellos, la masculinidad se construye en torno a la virilidad, la fuerza, el poder y el éxito económico y sexual como fuentes de validación. Cuando estos mensajes se vinculan al control sobre las mujeres, dificultan la construcción de relaciones basadas en el respeto y la igualdad.

Como sociedad, debemos prestar atención. Prevenir la violencia implica reconocer sus primeras manifestaciones, cuestionar las relaciones de poder que la sostienen y promover vínculos basados en el buen trato.