Por años la sociedad ha mirado los humedales como terrenos marginales o espacios “inútiles”, prescindibles o disponibles para rellenar, drenar o urbanizar. Pero cuando llega el verano, con sus olas de calor y temporadas cada vez más intensas de incendios forestales, estos ecosistemas nos recuerdan una verdad incómoda: su desaparición también significa la perdida de una de nuestras principales defensas frente al cambio climático.
La región del Biobío vive esta paradoja con particular crudeza. Aquí convivimos con extensos monocultivos forestales, expansión urbana acelerada y un mosaico de humedales costeros, fluviales y urbanos que resisten en silencio. En años de altas temperaturas, estos humedales funcionan como auténticos oasis climáticos, almacenando agua, enfriando el entorno, recargando acuíferos y amortiguando los eventos climáticos extremos.
Desde la ciencia sabemos que los humedales actúan como esponjas naturales, reteniendo agua en épocas lluviosas y liberándola lentamente durante períodos secos, reduciendo el impacto de la sequía. Además, ayudan a recargar las aguas subterráneas y a depurar contaminantes, contribuyendo a la seguridad hídrica de comunidades humanas y ecosistemas.
En el contexto de incendios forestales, su rol es aún más estratégico. Un paisaje con humedales funcionales tiene mayor humedad ambiental, suelos menos inflamables y vegetación menos propensa a arder. La evapotranspiración de estos ecosistemas contribuye a regular la temperatura local, generando microclimas más frescos que pueden reducir la propagación del fuego.
Paradójicamente, cuando drenamos o rellenamos humedales para plantaciones forestales, infraestructura o viviendas, aumentamos el riesgo de incendios. Secamos los suelos, eliminamos barreras naturales al fuego y transformamos paisajes heterogéneos en verdaderos polvorines. No es casualidad que las temporadas de incendios más destructivas coincidan con décadas de degradación hídrica y pérdida de humedales.
El Biobío cuenta con sistemas emblemáticos como el humedal Tubul-Raqui, uno de los más extensos del sur de Chile, que además de su valor ecológico sostiene pesca artesanal, biodiversidad y cultura local. También el Rocuant-Andalién, que atraviesa varias comunas del Gran Concepción, siendo hábitat de diversas especies de aves de importancia ecológica y una demostrada barrera natural frente a desastres climáticos, como sucedió durante el 27F de 2010. Ambos, como muchos otros, enfrentan amenazas por cambios de uso de suelo, urbanización, actividades productivas y alteraciones hidrológicas. Su degradación no es solo un problema ambiental, es una pérdida de resiliencia territorial.
Proteger y restaurar humedales no es una consigna romántica, es una política pública urgente. Las soluciones están sobre la mesa: restauración hidrológica, planificación territorial que los incorpore como infraestructura verde, control del drenaje y relleno ilegal, y participación comunitaria en su gestión. Los humedales no deben ser los últimos espacios libres que quedan, sino los primeros en ser integrados en la planificación del territorio.
Cuando el fuego y la sequía llegan, no basta con helicópteros, cortafuegos o campañas de prevención. Necesitamos paisajes resilientes, y los humedales son una de las herramientas más poderosas que tenemos. Cuidarlos no es solo proteger aves, juncos o anfibios; es proteger agua, clima, seguridad y futuro.