Chile es un país caracterizado por una geografía única en el mundo: paisajes deslumbrantes, un territorio fértil, una fauna de riqueza inigualable y un patrimonio natural con una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Pero pensar en Chile sin sus habitantes, sin la peculiaridad de sus costumbres, es algo que no puede desligarse de toda esa riqueza natural.
Es, además, un país largo y angosto: tiene una longitud aproximada de 4.270 kilómetros, lo que lo convierte en un territorio de una diversidad no solo geográfica y climática, sino también cultural e identitaria en cada zona. Nos situamos sobre el punto de encuentro de dos placas tectónicas, la de Nazca y la Sudamericana, y al este se alza la majestuosa cordillera de los Andes, sobre la cual se despliega el Cinturón de Fuego del Pacífico.
Estas peculiaridades geográficas nos convierten en un país tremendamente sísmico-volcánico, y a la vez en uno donde, de manera recurrente, ocurren fenómenos naturales ligados tanto a nuestra propia geografía como a los efectos del cambio climático.
Estas condiciones geográficas, climáticas y territoriales provocan, una y otra vez, catástrofes naturales, tanto de la mano de la naturaleza como de la intervención desmedida del ser humano. Ese escenario nos obliga a repensar no solo las políticas de uso de suelo, sino, ante todo, la resiliencia, la fortaleza, el ímpetu y la nobleza con que los chilenos respondemos ante la calamidad, activando un espíritu solidario de reciprocidad hacia quien la padece.
Podríamos preguntarnos si esta característica que nos une como chilenos frente al dolor es propia del país que habitamos, dadas nuestras circunstancias geográficas, culturales, sociales e históricas, o si es, ni más ni menos, el resultado de una condición antropológica universal del ser humano. ¿Hemos aprendido los chilenos a cultivar una ética de la compasión que nos pone a prueba cada cierto tiempo, sacando lo mejor de nosotros mismos? La respuesta es mixta.
Desde la ética de la hospitalidad o la solidaridad se establece que la ayuda recíproca es parte de la propia naturaleza humana; incluso se plantea que el ser humano ha perdurado como especie gracias a su capacidad de curar, cuidar o proteger al más desvalido. Lo distintivo es que, en Chile, la exposición reiterada a la catástrofe nos ha transformado en tierra fértil de resiliencia, empatía y compasión, casi en costumbre, en reflejo colectivo del pueblo chileno del cual debemos sentirnos orgullosos.
No es que seamos los únicos capaces de proyectar solidaridad dirigiendo ayuda o recursos, sino que hemos aprendido a convivir con la calamidad, activando canales de ayuda cada vez que la ocasión lo amerita. Los incendios ocurridos este verano en la región del Biobío, por ejemplo, son prueba de ello: una red de altruismo permitió a los chilenos dejar de lado las diferencias superficiales para dar paso a lo realmente importante, el sentido de colaboración y cuidado que nos define. No se trata de un altruismo genético ni de un cuidado exclusivo hacia los nuestros, sino de una movilización colectiva de recursos.
Esa entrega reafirma que Chile, a pesar de todas las dificultades, es un país que se deja conmover ante el dolor: que lo acompaña y lo siente como propio.