Los episodios recientes de violencia protagonizados por jóvenes han encendido las alertas sociales y generado una comprensible sensación de indignación. No obstante, para abordar este fenómeno con seriedad y eficacia, resulta necesario superar la reacción inmediata y preguntarse por los factores que lo originan y lo sostienen.
La adolescencia y la adultez temprana corresponden a etapas del desarrollo caracterizadas por una elevada intensidad emocional y por un proceso aún inconcluso de consolidación de las capacidades de autorregulación y control de impulsos. En estos años, muchos jóvenes no disponen todavía de herramientas internas suficientemente robustas para gestionar emociones intensas como la rabia, la frustración o el miedo. Desde una perspectiva neuropsicológica, esto se relaciona con el desarrollo aún inmaduro del córtex prefrontal, estructura cerebral clave para anticipar consecuencias, regular impulsos y modular la conducta.
A ello se suma que la evidencia científica ha mostrado que los procesos de maduración cerebral y psicosocial se han extendido en el tiempo, alargando la adolescencia más allá de los límites tradicionalmente establecidos. De este modo, jóvenes que ya asumen responsabilidades propias de la vida adulta pueden seguir presentando dificultades para resolver conflictos o manejar estados emocionales intensos de manera adaptativa.
En el contexto chileno actual, marcado por un aumento del malestar psicológico, altos niveles de estrés y una salud mental frágil, estas vulnerabilidades propias del desarrollo se ven potenciadas. Frente a situaciones de tensión, amenaza o provocación, algunas respuestas violentas no obedecen necesariamente a una intencionalidad consciente, sino a limitaciones en las habilidades emocionales y neuropsicológicas que aún se están construyendo.
En muchos casos, la violencia se explica por déficits en la regulación emocional, especialmente en el manejo de la ira, la impulsividad y la sensación de pérdida de control. Cuando no existen estrategias para detenerse, reflexionar y canalizar adecuadamente las emociones, las reacciones tienden a ser inmediatas y desproporcionadas. En este escenario, el entorno familiar cumple un rol fundamental. Contextos con escasa contención afectiva, supervisión limitada, alta conflictividad o donde la violencia se normaliza incrementan de manera significativa el riesgo de conductas agresivas. Además, el consumo de alcohol u otras sustancias (frecuente en espacios recreativos), impacta negativamente en el juicio y el autocontrol.
Más que enfrentarnos a una forma completamente nueva de violencia, hoy asistimos a manifestaciones más intensas, visibles y aceleradas, en un entorno atravesado por la inmediatez y la exposición constante de las redes sociales. Los conflictos escalan con rapidez y pierden mediaciones protectoras, tanto adultas como institucionales. En el ámbito educativo, esto se expresa en un aumento de la violencia física y psicológica, asociado a un deterioro de las habilidades socioemocionales, especialmente tras la experiencia de la pandemia.
Estos hechos nos interpelan colectivamente. La violencia juvenil no es un problema exclusivo de los jóvenes, sino un reflejo del estado de la salud emocional de la sociedad en su conjunto. Su prevención no puede limitarse al castigo o al control, sino que exige fortalecer la educación emocional desde la infancia, apoyar de manera decidida a las familias y promover una cultura de cuidado de la salud mental.