El caso viral de una joven de 28 años que recientemente relató las graves consecuencias que enfrentó tras un consumo prolongado de ketamina volvió a poner la atención sobre los riesgos asociados a esta sustancia. La mujer aseguró haber perdido su vejiga y actualmente debe utilizar pañales debido al daño provocado en su sistema urinario.
Aunque se trata de una sustancia de uso médico, tanto en medicina humana como veterinaria, la ketamina también ha adquirido popularidad como droga recreativa, especialmente entre personas jóvenes, debido a sus efectos disociativos y de alteración de la percepción. En Chile, su presencia también ha generado preocupación sanitaria: un análisis del Instituto de Salud Pública (ISP) y el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (SENDA) realizado en enero de 2026 detectó que el 82% de las muestras de ketamina incautadas examinadas correspondía a mezclas de sustancias, aumentando la incertidumbre sobre sus efectos y riesgos.
La ketamina es un anestésico que actúa sobre el sistema nervioso central y que, dependiendo de la dosis, puede producir desconexión del entorno, alteraciones de la percepción, euforia, confusión y pérdida de coordinación. En el ámbito clínico se administra bajo supervisión profesional, mientras que su uso recreativo puede involucrar preparados de origen y composición desconocidos, aumentando los riesgos asociados a su consumo.
Nicolás Saá Muñoz, académico del Departamento de Ciencias Clínicas y Preclínicas de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), explica que “la sustancia también puede aumentar la presión arterial y la frecuencia cardíaca. En dosis elevadas, especialmente cuando se combina con alcohol, opioides o sedantes, puede provocar pérdida de conciencia, depresión respiratoria e incluso la muerte”.
A largo plazo, el consumo frecuente puede generar dependencia, problemas de memoria y concentración y alteraciones del ánimo. Pero uno de los efectos menos conocidos se relaciona directamente con el sistema urinario.
La ketamina y sus metabolitos son eliminados a través de la orina y pueden dañar directamente el revestimiento de la vejiga. Esto puede generar inflamación y ulceración y, con el tiempo, fibrosis, haciendo que este órgano pierda elasticidad y capacidad.
“En casos graves, la lesión puede comprometer los uréteres, dificultar la salida de orina y causar dilatación o insuficiencia renal. La enfermedad asociada a este proceso es conocida como cistitis inducida por ketamina y puede provocar síntomas que inicialmente podrían confundirse con una infección urinaria común, como necesidad frecuente y urgente de orinar, ardor, dolor pélvico y sangre en la orina”, advierte Saá.
También pueden aparecer dolor lumbar o abdominal, incontinencia y disminución de la cantidad de orina. Detectar estas señales a tiempo resulta clave, ya que la suspensión temprana del consumo puede permitir una mejoría de los síntomas. Sin embargo, cuando ya existe fibrosis, contracción de la vejiga o daño renal, las lesiones pueden ser permanentes y requerir tratamiento urológico o cirugía.
Para el académico, la prevención resulta fundamental, especialmente considerando que muchas personas pueden desconocer que las consecuencias del consumo no se limitan a sus efectos inmediatos sobre el sistema nervioso.
“Entregar información clara sobre los riesgos, evitar normalizar el consumo recreativo y favorecer la consulta temprana frente a señales de dependencia son medidas relevantes para prevenir complicaciones. Esto cobra especial importancia cuando la sustancia se consume junto a otras drogas o alcohol, debido al aumento de los riesgos asociados”, concluye el especialista.